http://dx.doi.org/10.14718/RevArq.2022.24.3071

 

Como citar:  López-Carmona, J.-A., & Molina-Saldarriaga, M.-L. (2022). Análisis estético y urbano del pasaje Cervantes: conexiones simbólicas para propuestas de intervención creativa. Revista De Arquitectura (Bogotá)24(2). https://doi.org/10.14718/RevArq.2022.24.3071

 

Recibido: diciembre 8 / 2019

Evaluado: febrero 2 / 2020

Aceptado: mayo 5 / 2022

 

Publicado en línea: mayo 2022                       Actualizado: mayo 2022

 

Análisis estético y urbano del pasaje Cervantes: conexiones simbólicas para propuestas de intervención creativa

 

Aesthetic and urban análisis of Pasaje Cervantes: Simbolic connections for creative intervention proposals

 

Análise estética e urbana de Pasaje Cervantes: Conexões simbólicas para propostas deintervenção creativa.

 

Juan-Alejandro López-Carmona[1]

Institución Universitaria Pascual Bravo, Medellín (Colombia)

 

Mónica-Lucía Molina-Saldarriaga[2]

Universidad de Brasilia (UnB), Brasilia DF (Brasil)

 

Resumen

El artículo presenta los resultados del proyecto de investigación realizado durante 2018 dentro de la Fundación Universitaria Bellas Artes de Medellín (FUBA), que tuvo como finalidad el fortalecimiento de las bases teóricas y conceptuales para plantear transformaciones de índole física, mediática, urbanística, artística y comunicativa. El tema es definido por dos intereses: primero, el reconocimiento y la activación de vectores identitarios para fortalecer procesos de identidad sobre el imaginario colectivo del pasaje Cervantes, en el centro de la ciudad. Segundo, establecer las condiciones históricas, culturales y contextuales susceptibles de ser explotadas como variables de diseño en los procesos de transformación de Medellín, a partir del análisis de variables simbólica y urbanas que permiten reconocer la importancia del estudio del universo simbólico de los espacios urbanos, dentro del ejercicio de proyección e intervención urbanística. Finalmente, se exponen las reflexiones estéticas y semióticas elaboradas a partir del análisis de cuadros semióticos y mapas de variables.

 

Palabras clave: Diseño urbano; semiótica; estética; análisis urbano; identidad cultural

 

Abstract

The article presents the results of the research project carried out in 2018 within the Fundación Universitaria Bellas Artes de Medellín (FUBA), which aimed to strengthen the theoretical and conceptual bases to propose transformations of a physical, media, urban nature, artistic and communicative. The theme is defined by two interests: First, the recognition and activation of identity vectors to strengthen identity processes on the collective imagination of the Cervantes passage, in the center of the city. Second, to establish the historical, cultural and contextual conditions that can be exploited as design variables in the transformation processes of Medellín; from the analysis of symbolic and urban variables that allow to recognize the importance of studying the symbolic universe of urban spaces, within the exercise of planning and urban intervention. Finally, the aesthetic and semiotic reflections made from the analysis of semiotic pictures and maps of variables are exposed.

 

Keywords: urban design; semiotics; esthetic; urban analysis; cultural identity

 

 

Tabla de contenido

Resumen. 2

Abstract. 3

Introducción. 4

Metodología. 6

Mapa de variables  7

Cuadrado semiótico  10

Muestra  12

Discusión. 12

Entre la ciudad y lo urbano. Reflexiones en torno al habitar y al transitar desde el “no lugar”  13

Estructuras simbólicas y relaciones en el fragmento del paisaje urbano  17

Resultados. 21

Experiencia estética del pasaje Cervantes  21

El pasaje del ocultamiento  26

Pasaje del tránsito  29

Pasaje del descubrimiento  30

Conclusiones. 32

Referencias. 33

 

 

Introducción

Dentro de la práctica de las actividades proyectuales como el diseño, es común el planteamiento de mediaciones en la búsqueda de solucionar problemas de interacción. Estas soluciones suelen tener en cuenta condiciones ambientales y materiales, al igual que variables de uso y función, con el objetivo de garantizar efectividad, sostenibilidad y durabilidad. Cuando se trata del espacio urbano, además de cumplir con las condiciones anteriores, las mediaciones suelen estar direccionadas a la resolución de problemas de movilidad vehicular y peatonal, a la seguridad del espacio público, a la búsqueda de armonía con las condiciones naturales del entorno y a potenciar el bienestar físico y el disfrute por parte de los usuarios o los viandantes. En este tipo de actividades se hace necesario tener en cuenta un análisis que priorice factores socio-antropológicos en la comprensión del entorno, a fin de garantizar un equilibrio adecuado entre las enunciaciones del urbanismo y las condiciones simbólicas del espacio, tal cual lo proponen teóricos como Manuel Delgado (1999) o Roland Barthes (1999).

En este orden de ideas, es claro que existen elementos problematizadores con una relación sistémica, que determinan los comportamientos en el espacio urbano, y que posibilitan afecciones como lugares de uso público. A partir de estos elementos pueden identificarse las relaciones y la experiencia estética de lo urbano desde dos expresiones: en primer lugar, desde las manifestaciones del urbanismo como una enunciación del control político, que se superpone al espacio ocupado y apropiado por los grupos socioculturales particulares, pues el urbanismo, desde su práctica, propone y construye intervenciones físicas sobre la superficie de la ciudad, que, inevitablemente, son susceptibles de ser intervenidas y apropiadas. Tal como lo plantea Adriana Gómez (2005), “Superficies envolventes”, en estrecha relación con “el vacío relacional”; es decir, el espacio para la expresión y la interacción naturales entre los individuos. En segundo lugar, desde las manifestaciones, entendidas como la posibilidad de interacción entre los objetos y los sujetos por la separación física que existe entre los objetos dispuestos sobre la superficie, la cual es comprendida en este trabajo como el espacio diseñado a escala macro o micro que se convierte en un escenario de activación potencial, cuando emergen las manifestaciones estéticas que le son propias a la denominada “cultura material” (García, 2004) y a la “cultura visual” (Acaso, 2016).

En consecuencia, la superficie envolvente se vuelve el escenario para la manifestación local, que surge desde las condiciones culturales identitarias que priman en cada lugar. Esa es la razón por la que el espacio público puede conservar unas características estructurales homogéneas en casi cualquier lugar del mundo; sin embargo, su identidad se da gracias a la resistencia ejercida por las manifestaciones estéticas y culturales: por ejemplo, para el caso del presente estudio se reconocen características sensibles correspondientes con la idiosincrasia del centro de Medellín, Colombia, y de esa manera es posible determinar que hay sistemas de símbolos auditivos, olfativos, sonoros, lingüísticos y gastronómicos que son parte de los imaginarios de identidad del lugar y devienen en una experiencia simbólica colectiva.

Por ello, en el proceso de modificación, diseño o intervenciones públicas de una ciudad se hace necesario reconocer las relaciones que entre los sujetos y los espacios se establecen, y el papel que cumplen los procesos de significación que se dan en esta. Los espacios, entonces, han sido denominados en el ejercicio de reflexión del presente texto como intersticios, por hallarse en un punto medio entre lo vernáculo y lo institucional. Como ejemplos pueden ser tomados un restaurante, una cafetería, una librería privada o un bar; no pertenecen al espacio de control institucional, pero tampoco están abiertos a la emergencia sin planificación. Dichos espacios son reconocidos como fundamentales dentro del estudio, porque las relaciones generadas con los viandantes suelen trascender lo netamente funcional y pueden generar vivencias que se mueven en dentro de un universo simbólico, con la capacidad para actualizar constantemente la experiencia estética de los habitantes.

 

Metodología

Para el abordaje de este ejercicio investigativo fue necesario un diseño metodológico que tuviese en cuenta un enfoque transdisciplinar, pues se trata del análisis de un fenómeno con características diversas, compuesto por muchas capas, dentro de las que se encuentran la infraestructura, la superficie envolvente, las condiciones ambientales y las manifestaciones estéticas-culturales. Por esa razón, las exploraciones conceptuales, así como los ejercicios de campo y el análisis de variables, pasan por observaciones desde la experiencia de la prosaica (Mandoki, 2006a), los estudios visuales (Campos, 2013), el diseño visual ambiental (Gómez, 2005) y el análisis de variables (Molina et al., 2020). En tal sentido, se sintetiza un instrumento de observación y clasificación de características, denominado mapa de variables.

Mapa de variables

Este instrumento surge de la síntesis de métodos de recolección de variables sensibles ajustadas, por Molina et al. (2020), quienes proponen un sistema de categorización jerarquizada, con base en las observaciones hechas por la psicóloga Eleanor Rosch et al. (1976). Dicho instrumento demostró un alto nivel de efectividad a la hora de generar un repertorio de elementos compositivos capturados de un entorno, para posteriormente proponer intervenciones —lenguajes o composiciones visuales bidimensionales— en el caso de los autores citados.

Para el presente proyecto surge la necesidad de tener una visión holística de las variables que constituyen la identidad de cada uno de los espacios analizados, a fin de establecer unos criterios necesarios para el abordaje de intervenciones de carácter urbanístico, artístico, cultural o de diseño. Por tal motivo, la clasificación de variables resulta ser un instrumento pertinente; sin embargo, el ejercicio comparativo de los tres espacios reconocidos permite comprender que un modelo de representación cartográfica llega a ser más efectivo en el ejercicio de establecer relaciones entre las diferentes capas que componen el entorno.

En la figura 1 es posible apreciar el modelo de clasificación de Rosch llevado a una representación gráfica. Este modelo puede ser replicado a manera de mapa ramificado, como, a su vez, lo muestra la figura 2, donde pueden establecerse relaciones de carácter conceptual entre elementos objetuales, prácticas de habitabilidad, relaciones simbólicas y usos particulares por parte de los viandantes en cada uno de los espacios del pasaje Cervantes.

 

Figura 1. Representación gráfica del modelo de Rosch (1976).

Fuente: elaboración propia (2018).

 

Figura 2. Mapa de variables, aplicación en sección del pasaje Cervantes —pasaje del ocultamiento—.

Fuente: elaboración propia (2018).

 

El mapa permite, desde una representación pictórica, visualizar dinámicas que corresponden a naturalezas diversas, pero que en su afectación componen el espacio; es decir, el mapa como instrumento metodológico pone en relación las representaciones de características sinestésicas, sensibles, kinestésicas, codificadas, corporales, ambientales y simbólicas. De esa manera, es posible inferir cuáles son los comportamientos que, en relación con ciertas características espaciales, conforman las condiciones para que se dé tal o cual tipo de apropiación.

El tratamiento mediante el mapa de variables permite virtualizar la experiencia estética del territorio analizado, de manera tal que las afectaciones entre las variables pueden ser representadas y, por tanto, susceptibles de emplearse como entradas en un proceso de diseño o intervención en el espacio urbano.

Cuadrado semiótico

Un segundo instrumento empleado en este proyecto, y que permitió establecer con claridad roles, gracias a las relaciones contrastantes en el entorno y los intereses de los transeúntes, fue el cuadrado semiótico: una propuesta de Marrone (2011), representada en la figura 3. Este ejercicio se ve manifestado en la figura 4, donde puede verse la incidencia de las intencionalidades en relación con las potencialidades de cada subespacio.

 

Figura 3. Cuadrado semiótico.

Fuente: Marrone (2011, p. 6).

 

Figura 4. Implementación del cuadrado semiótico de Marrone en los tres subespacios del pasaje Cervantes.

Nota: 1) Pasaje del ocultamiento —las disposiciones del lugar potencian la apropiación por parte de individuos con necesidades y conocimientos específicos—. 2) Pasaje del tránsito —pasaje utilitario; el viandante no establece secuencias narrativas—. 3) Pasaje del descubrimiento —al encontrarse en el límite, presenta nuevas posibilidades de significación—.

Fuente: elaboración propia (2018).

 

Muestra

La identificación del territorio y sus divisiones fue posible gracias al ejercicio de observación autoetnográfico realizado por los investigadores, quienes, desde la experiencia de campo, y con ayuda del cuadro semiótico, pudieron establecer cuáles son los factores que producen la segmentación del pasaje Cervantes y, por tanto, cuáles son las principales características que plantean las emergencias o las posibilidades para las intervenciones en el lugar. Como puede apreciarse en la figura 5, la segmentación de la muestra es el resultado de unas fronteras urbanas, o discontinuidades, representadas por la avenida La Playa y el Tranvía de Ayacucho, en tanto ejes de tensión y circulación que dividen al pasaje Cervantes en tres espacios con dinámicas diferentes.

 

Discusión

Para el desarrollo de la reflexión de los conceptos de ciudad, lo urbano, el habitar y el transitar, como prácticas que generan experiencias estéticas y semióticas, se propone establecer la discusión teórica a partir de los aportes de autores como Marc Auge (2008) y Manuel Delgado (1999), desde sus aportes teóricos para pensar el fenómeno de lo urbano a partir de la socio-antropología. Son, además, teóricos que se ponen en conversación con las delimitaciones que realiza sobre la estética y la semiótica Katia Mandoki (2006a). De esa manera, se establece un marco teórico que permite plantear los lineamientos de reflexión.

Entre la ciudad y lo urbano. Reflexiones en torno al habitar y al transitar desde el “no lugar”

En primer lugar, se propone definir y delimitar la idea de los conceptos de urbano y urbanita, de modo que hacerlo permita establecer diferencias conceptuales entre ciudad y transeúnte, para así comprender cómo se establecen las relaciones de uso y apropiación que les son particulares a los espacios urbanos propuestos en el pasaje Cervantes, que es el objeto de estudio propuesto para el desarrollo de la investigación.

Dentro del estudio, lo urbano se entendió como las acciones que permiten la interacción entre sujetos que se encuentren en el afuera; este último, a su vez, comprende todo espacio que sobrepasa los límites de la intimidad, y donde se establecen diferentes dinámicas de relación e interrelación sociocultural entre pares e impares. Una idea sobre la cual se hace necesario diferenciar entre la idea de ciudad y la idea de lo urbano, tal y como lo plantea Manuel Delgado (1999). De esta manera se pueden realizar reflexiones que apuntan a comprender las formas de apropiación y de significación de los espacios denominados como públicos. Lugares que se presentan como escenarios para la expansión de estructuras simbólicas que permiten la apropiación y la intervención de espacios de ciudad, así:

Una distinción se ha impuesto de entrada: la que separa la ciudad de lo urbano. La ciudad no es lo urbano La ciudad es una composición espacial definida por la alta densidad poblacional y el asentamiento de un amplio conjunto de construcciones estables. Una colonia humana densa y heterogénea conformada esencialmente por extraños entre sí. La ciudad, en este sentido, se opone al campo a lo rural, ámbitos en que tales rasgos no se dan. Lo urbano, en cambio, es otra cosa: un estilo de vida marcado por la proliferación de urdimbres relacionales deslocalizadas y precarias, Se entiende por urbanización, a su vez, ‘ese proceso consistente en integrar crecientemente la movilidad espacial en la vida cotidiana, hasta un punto en que ésta queda vertebrada por aquélla’[3]. La inestabilidad se convierte entonces en un instrumento paradójico de estructuración, lo que determina a su vez un conjunto de usos y representaciones singulares de un espacio nunca plenamente territorializado, es decir sin marcas ni límites definitivos. (Delgado, 1999, p. 23)

De esta manera, el espacio de lo urbano se presenta como un escenario de lo fortuito exponiéndose como una estructura orgánica y mutable, donde se dinamiza una serie de variables visuales que proponen a su paso múltiples visualidades del mismo territorio, visuales que se piensan heterogéneas. Vale la pena plantear analogías entre los espacios del afuera y los espacios íntimos, en relación con las formas de interacción entre el sujeto y los espacios. Formas de relación que generan maneras de uso que pueden ser análogas a los espacios íntimos y los espacios colectivos. Estos últimos pueden entenderse como lugares de la intersubjetividad[4], y los cuales se presentan dentro de los ejercicios de habitabilidad y tránsito que devienen, en los sujetos, en actitudes de apropiación en diferentes niveles.

Es así como los espacios urbanos son escenarios de las diferentes relaciones establecidas desde la intersubjetividad, vinculada a los modos de configuración de los lugares. Espacios que se levantan sobre la superficie de lo urbano y la idea de ciudad desde dos perspectivas: una perspectiva que corresponde a los contextos de la institucionalidad que desde la planeación configuran el imaginario de ciudad a través de las estructuras urbanísticas, que proponen dinámicas de comportamiento sociocultural a partir de una idea de “homogeneidad funcional, así:

[…] En urbanismo, la geometrización de las retículas urbanas y la preocupación por los equilibrios y las estabilidades perceptuales se plantean, al igual que las retóricas arquitectónicas, a la manera de máquinas de hacer frente a la segmentación excesiva, al desbarajuste de todas las líneas difusas que los elementos moleculares trazan al desplazarse sin sentido, al ruido de fondo que lo urbano suscita constantemente. Sedantes que intentan paliar las taquicardias y las arritmias de la autogestión urbana. Es decir: el urbanismo no pretende ordenar lo urbano de la ciudad, sino anularlo, y si no es posible, cuando menos atenuarlo al máximo. (Delgado, 1999, p. 196)

La otra perspectiva   corresponde a las prácticas vernáculas y emergentes que configuran una idea de ciudad fuera de los imaginarios institucionales proponiendo dinámicas de interacción y apropiación desde la una “heterogeneidad de uso”, y que responden a la autonomía simbólica de los grupos humanos. Propone Delgado (1999) al respecto:

Esta ocupación inamistosa —antiurbanística y antiarquitectónica— del espacio público puede producirse masivamente, en forma de grumos que se proclaman a sí mismos en tanto que entidades colectivas dotadas de voluntad y dirección propia: manifestaciones, algardas, insurrecciones, protagonizadas por lo que luego se presentará como la turbamulta o el pueblo, en función de la respetabilidad que se quiere conferir. Pero el reconocimiento de una distancia irreconciliable entre la sociedad urbana y el orden político también puede darse en el desacato microbiano que ejecutan los usuarios ordinarios de la calle: paseantes, peatones, caminantes anónimos…, un ejército de merodeadores sin rumbo aparente, dispuestos a cualquier cosa, guardianes secretos, conspiradores que unan a su manera los espacios por los que circulan. (p. 197)

Estas instancias permiten definir los roles que los viandantes asumen en el espacio urbano, a partir de las relaciones semióticas que establecen como individuos con el espacio, ya que la intencionalidad de interacción se relaciona con la memoria individual y colectiva del espacio, lo que determina cómo un viandante se asume como transeúnte o como habitante de un lugar, y así establece una relación narrativa con el entorno. De esa manera, se comprende que es en el espacio público, y desde el ejercicio de habitar y apropiar, como los individuos establecen relaciones en las cuales convergen sus imaginarios simbólicos y sus experiencias. Imaginarios dentro de los cuales se configuran dichas estructuras de apropiación, de lo que les ofrecen el afuera, la ciudad y la urbanidad, como espacios de interacción con otros en los cuales se encuentran como estructura de identidad. Así, el espacio físico se establece en calidad de una idea del espacio social, como lugar antropológico variable, el cual depende de las relaciones que desde las estructuras de sentido pueden establecerse entre los sujetos que transitan, habitan y se apropian del espacio.

Lo anterior implica una manera de comprender el desarrollo y su relación con los procesos de construcción de significados, que es absolutamente dinámica y viva, donde la composición mutua entre el individuo y su entorno se ve virtualizada en el relato, que constituye también las caracterizaciones de la identidad tanto individual como colectiva o territorial. En palabras de Marc Augé (2008),

El habitante del lugar antropológico vive en la historia, no hace historia. La diferencia entre estas dos relaciones con la historia es sin duda todavía, muy perceptible, por ejemplo para los franceses de mi edad que han vivido en la década del 1940 y han podido asistir en su pueblo (aunque este no fuese más que un lugar de vacaciones) a la Fiesta de Dios, a los Ruegos o a la celebración anual de tal o cual santo patrón del terruño ordinariamente colocado en un nicho a la sombra de una capilla aislada: pues, si bien estos recorridos y estos recursos han desaparecido, su recuerdo nonos habla simplemente, como otros recuerdos de infancia, del tiempo que pasa o del individuo que cambia; efectivamente desaparecieron, o mejor dicho se han transformado. (p. 61)

Estructuras simbólicas y relaciones en el fragmento del paisaje urbano

El pasaje Cervantes y la calle Córdoba constituyen un corredor urbano a un costado del centro de la ciudad de Medellín, y el cual se ha convertido, a lo largo de los últimos 20 años, en escenario de múltiples manifestaciones de las dinámicas que propone lo urbano, y se ha convertido así en espacio idóneo para el intercambio de experiencias que se cargan de sentido y dan significación a los sujetos que establecen vínculos directos o indirectos en las formas de apropiación sobre el territorio. Un territorio que, a su vez, está dividido de manera simbólica en tres fragmentos, los cuales, a partir de sus disposiciones y sus dispositivos, devienen en relaciones e imaginarios particulares proponiendo experiencias estéticas y apropiaciones semióticas que son específicas de cada uno de estos subespacios.

Estas relaciones semióticas y estéticas responden a dinámicas propias ejercidas por los sujetos dentro del ejercicio de apropiación que se establece desde el tránsito o la territorialización de cada subespacio, pues a partir de los dispositivos particulares que componen los lugares, el individuo genera el prendimiento del espacio, el cual se vincula de manera directa con la experiencia estética que se suma a su configuración simbólica. Configuraciones que predisponen una relación semiótica, nacida dentro del sentido y el gozo, y que, a su vez, atiende a las formas de relación estética establecida entre espacio-sujeto, tal como lo propone Mandoki (2006a):

En el acto de prendamiento, el sujeto se acopla a la forma de su objeto a través de los diversos registros de la experiencia - visual, acústico, corporal o verbal – y se adhiere a la reticulación semiósica que va generando a partir de tal objeto. (p. 89)

Es así como los espacios urbanos se constituyen en lugares de sentido, dentro de los cuales se generan procesos de conciliación simbólica a partir del uso que los individuos hacen de él, como territorio de encuentro y consolidación de ideas e interacción, las que, a su vez, permiten construir intersubjetividades promoviendo las apropiaciones de los denominados espacios colectivos. En este punto, y a la luz del marco de discusión, se puede reconocer que las formas de construcción simbólica de la idea de lo urbano tienen dos líneas: una, vinculada con los imaginarios construidos desde la ciudad —entendida, a su vez, como enunciación institucional—, y la cual corresponde a las ideas políticas del uso del espacio del afuera. Y una segunda, que se construye partiendo de la construcción autónoma y vernácula, que responde a unas maneras particulares propias de los grupos sociales o de la idea individual de marcar el espacio.

Ahora bien, los signos se presentan como elementos de identidad sobre el espacio urbano, y definen las maneras de uso o de apropiación del territorio. Estos participan directamente en las acciones de habitabilidad que ejercen los sujetos; acciones reconocidas a través de las huellas que desde el contexto cultural configuran el espacio, pues son los sujetos y las experiencias estéticas los que validan las dinámicas de apropiación de los espacios. De esta manera, los sujetos y sus experiencias significan y resignifican a través del tiempo —es decir, actualizan— los espacios y los elementos físicos y simbólicos que los componen, y así construyen ejes de identidad, adherencia y aprehensión simbólicas, que legitiman el espacio urbano. “De ahí la importancia de la estética en la semiosis de la cultura pues constituye el mecanismo de adherencia para que tales realidades e identidades logren construirse y legitimarse” (Mandoki, 2006a, p. 112).

De esta manera, en el interior del espacio urbano se puede identificar que en sus elementos estructurales hay un número de signos y estructuras estéticas y semióticas, que, al establecer las interrelaciones cotidianas, se transforman en códigos, que se incorporan al lenguaje. Elementos que serán fundamentales para leer y comprender las relaciones que establecidas entre sujetos y espacios. Cuando se observa el pasaje Cervantes como corredor urbano, esos códigos y estructuras, al igual que las formas de apropiación, fluctúan atendiendo al recorrido que se haga y al despliegue de elementos que se encuentran sobre él. Dichos códigos, estructuras y elementos no son naturalmente homogéneos: por el contrario, los objetos, las arquitecturas, los elementos naturales, el mobiliario urbano y los carteles, entre otros elementos que construyen el paisaje, se presentan desde la aprehensión de diferentes maneras: tanto desde su composición formal como desde sus sentidos, todo lo cual convierte al pasaje en un espacio semiótico heterogéneo.

Es en esta heterogeneidad donde se sitúa la relación multisimbólica establecida en dichos territorios, y define, particularmente, los códigos simbólicos que los identifican, tanto la zona —en calidad de estela de recorrido— y sus intersticios como a los individuos que los significan. Conjuntos que pueden ser interpretados, y que, a su vez, fungen como estructuras del lenguaje particular entre los lugares y los personajes que participan en esta dinámica de intercambio. Reconociendo esas características y atendiendo a la semiótica como disciplina que permite el estudio de las relaciones simbólicas entre fenómenos, sujetos y objetos, puede delimitarse el pasaje Cervantes, para el caso de estudio particular, en tres fragmentos, atendiendo a las maneras de apropiación y significación que se identificaron. Así aparecerá, comenzando el recorrido, Bomboná; el pasaje denominado como el “pasaje del ocultamiento”, entre las calles de Bomboná y Ayacucho; el “pasaje del tránsito”, entre las calles Ayacucho y La Playa y, finalmente, el “pasaje del descubrimiento”, entre las calles La Playa y Perú, como se muestra en la figura 5.

 

Figura 5. Segmentación del pasaje Cervantes: 1) pasaje del ocultamiento; 2) pasaje del tránsito; 3) pasaje del descubrimiento; 4) Tranvía Ayacucho (discontinuidad), y 5) avenida La Playa (discontinuidad).

Fuente: elaboración propia (2018).

 

La habitabilidad de lo cotidiano se presenta, entonces, como una plataforma para entender las dinámicas propias de dichos espacios, por cuanto es desde estas como se pueden hacer lecturas semióticas, desde donde se permite identificar las apropiaciones simbólicas que los viandantes forjan del territorio, lo que, a su vez, permite formular propuestas de intervención, asertivas para la significación y la resignificación de los espacios. Ello, porque entender las formas de uso a través de las maneras de habitabilidad es entender las formas de identidad de los lugares y, por tanto, plantear proyecciones que tengan en cuenta el universo o territorio simbólico, más allá de lo netamente operativo.

 

Resultados

Experiencia estética del pasaje Cervantes

El sentido funcional que en este texto se le da a la palabra estética se vincula de manera estrecha a los conceptos planteados por Leroi-Gourhan (1971) y Katya Mandoki (2006b). El primero, desde el concepto de estética de lo funcional, y la segunda, desde el concepto de estética expandida. Así mismo, se entienden las variables de afloramiento en las cuales se circunscriben las manifestaciones estéticas, y desde donde se configura una serie de expresiones simbólicas que son comunes a todas las culturas, y otras que solo son propias de un grupo humano particular. Las manifestaciones estéticas poseen unos niveles de afloramiento variables y algunas revisten la misma significación en todas las sociedades humanas, mientras que la gran mayoría no es completamente significativa sino en el seno de una cultura determinado (Leroi-Gourhan, 1971, p. 267).

Es así como una gran parte de la experiencia estética propia del ser humano deviene de las experiencias semióticas, incentivadas a través de las estructuras fisiológicas de percepción, que, a su vez, se conjugan entre el desarrollo de la técnica y las construcciones de interrelación social, para, finalmente, materializarse en la figuración, desde donde se configuran las ideas que se convierten en el sustrato de futuras experiencias (Larossa, 2006). Hay que entender, desde este punto, que la estética ya no solo es pertinente a las estructuras propias del arte, sino que se expande a los ámbitos de las sensaciones y de las relaciones sensibles y simbólicas, a las cuales se halla expuesto el sujeto; además, subyacen relaciones de afección, que lo atraviesan en su corporalidad fisiológica y lo confrontan desde su condición social, y determinan, a su vez, su codificación simbólica y sus maneras de asumir su experiencia estética (Leroi-Gourhan, 1971).

En este orden de ideas, se hace necesario establecer la diferencia entre la estética propia de las expresiones artísticas, y a la cual se denomina poética, y la estética propia de los procesos de afección funcional, que es denominada prosaica; ambos términos son explorados y expandidos por Mandoki (2006a, b). Por lo tanto, y para darle salida a la reflexión sobre el pasaje Cervantes, se entiende la estética desde esa concepción expandida a los fenómenos de la afección y la función. De igual modo, es necesario establecer una relación entre la estética y el diseño urbano, alejado del concepto que pueda vincular a este con la mera poética propuesta por los dispositivos que se expanden sobre el paisaje del pasaje Cervantes. La intención, entonces, es identificar cómo esos dispositivos (institucionales o vernáculos) proponen experiencias estéticas desde el sentido del habitar y lo que deviene del tránsito.

A fin de analizar las marcas que permiten la experiencia estética en el pasaje Cervantes, es necesario reconocerlo como un sistema sobre el territorio que se define con las formas de vida y los hábitos de las personas que lo habitan y lo transitan, y reconocer así las afecciones que sobre ellos ejercen las estructuras arquitectónicas, el mobiliario urbano, las estructuras naturales y las intervenciones vernáculas. Allí convergen la ornamentación institucional —identificada desde un mobiliario urbano que pocas veces responde a las necesidades de circulación y habitabilidad de los viandantes, y la cual suele presentarse como una estrategia de regulación que procura limitar no solo los procesos de apropiación, sino las expresiones estéticas— y los dispositivos vernáculos —que, de forma orgánica, aparecen desde los actos de apropiación autónoma generando huellas particulares de habitabilidad sobre el territorio—. También debe tenerse en cuenta que en estas configuraciones simbólicas son fundamentales las interpretaciones sinestésicas, devenidas de la asociación de significados y estímulos diferentes en la experiencia perceptual (Villén et al., 2015), ya que en la construcción de significación se tiene en cuenta la disposición del individuo sobre los estímulos encontrados para generar una representación mental de aquello que le resulta placentero o desagradable.

El pasaje Cervantes se trata, entonces, de un conjunto heterogéneo de elementos que fungen como dispositivos para la apropiación del espacio desde el tránsito o desde las formas de habitabilidad; acciones que, en sí mismas, proponen relaciones e imaginarios simbólicos particulares y, por lo tanto, experiencias estéticas. Es una superficie que propone sus propias marcas, que crea territorios, surgidos a partir de la usabilidad de estos, y las cuales, a su vez, se configuran en su primer trayecto: el denominado como “pasaje del ocultamiento”, como un paisaje doméstico. El pasaje del ocultamiento es, pues, una analogía de la casa, del espacio íntimo, en el cual se presentan intersticios que invitan al estar, al habitar y al pertenecer.

Este pasaje se abre y se cierra en una suerte de intersticios visuales, donde se puede pensar que hay una puerta invisible que invita a entrar y a estar, a apropiarse. Cuando el viandante pasa el límite se encuentra el corredor que se presenta para el tránsito y conecta de manera directa los otros espacios que van apareciendo. Su deber ser como estructura regulada del urbanismo se opone a su ser orgánico, que permite la intimidad a partir una sensación de ocultamiento, el encuentro, la relación con el otro; es un afuera que funge como un adentro, un espacio íntimo. Todo ello es propiciado por las estructuras visuales y vernáculas que enmarcan el trayecto, y que permiten la habitabilidad desde el ejercicio del consumo.

Por lo anterior, este lugar propone una heterogeneidad no solo en sus estructuras, sino también, en las relaciones estéticas que de él emanan, como los olores, las texturas y los colores, los cuales generan sensaciones asociadas a lo grotesco, lo oscuro y lo mundano, por medio de sus colores, en gamas rojizas y ocres, y sus texturas rugosas y de sensaciones pesadas, combinadas con olores agrios y densos, característicos de las actividades nocturnas, que se conservan a lo largo del día. La temperatura es cálida, y evoca una representación un poco más hogareña. Desde allí se desprenden las múltiples sensaciones que les son propias a las experiencias estéticas ofrecidas al viandante del pasaje del ocultamiento.

Luego de pasar por el marco de cerramiento que ofrecen dos casetas de ventas ambulantes ubicadas sobre el borde de la avenida Ayacucho, y que fungen como puertas para el recibidor ubicado en el mobiliario urbano, a pocos metros, ya en el interior del pasaje, se da paso a una zona desde donde se abre la puerta al otro territorio que le da continuidad en el imaginario cultural de la ciudad a este pasaje: este que ha sido denominado anteriormente como el “pasaje del tránsito, ya que en su trayecto prima el flujo de desplazamiento tanto de viandantes como de automóviles, desde una verticalidad y dos líneas horizontales paralelas que dejan ver la conexión con la avenida La Playa, al final del trayecto. Ahí las relaciones se tornan frías, y solo se encuentra un par de discontinuidades que ofrecen al viandante un punto de tensión para la afección, en medio de una homogeneidad naturalizada y asumida por la verticalidad de las estructuras arquitectónicas y las pocas discontinuidades allí encontradas.

Debe entenderse que las relaciones estéticas que se presentan en una correlación entre sujeto y objeto se halla directamente relacionada con la capacidad del ser social, y desde allí el sujeto establece la sociabilidad del objeto. Expuesta así, La relación sujeto-objeto es siempre una relación social en la medida en que el sujeto se constituye como tal desde lo social y desde ahí constituye también a su objeto” (Mandoki, 2006a, p. 70). De esa manera, las relaciones propuestas por el denominado paisaje del tránsito se hallan vinculadas a unas experiencias planas y homogéneas. El recorrido se propone frío, sin un olor particular, o con un olor de poca relevancia. Igualmente, el paisaje se contempla en medio de unos colores grises y en una neutralidad desde donde se invita a poner atención solo al recorrido afanoso. La manifestación estética que se expresa en dicho trayecto solo se siente en el nivel fisiológico, no logra sobrepasar la carga de significación o de evocación: solo se limita a presentar intersticios funcionales, que no alcanzan para las relaciones de significación colectiva; incluso, los objetos allí dispuestos suelen pasar desapercibidos.

Finalmente se llega al “pasaje del descubrimiento”, que, para sorpresa del viandante, contiene elementos de los dos anteriores, además de proponer intersticios que se relacionan entre la familiaridad del barrio y las dinámicas poco familiares del centro de la ciudad. Allí se identifica aún más la heterogeneidad de los dispositivos que estimulan la experiencia estética, la cual se ve estimulada por afecciones que cambian de manera constante, en una mutabilidad que no solo es del trayecto, sino que también responde a unas temporalidades específicas. El olor en la primera parte del trayecto es denso, agrio, y poco a poco va cambiando a llano, casi imperceptible, para culminar, al final del trayecto, en olores más familiares, más cálidos. De la misma forma, el color se presenta denso, marrón, opacado, pero cálido, y que al salir del túnel de árboles se degrada entre el tránsito de un trayecto a otro, para tornarse amarillento, cálido y familiar.

Es claro, entonces, que la experiencia estética que ofrece el pasaje está vinculada necesariamente con los objetos y los intersticios que allí se encuentran. Es más exuberante en aquellos espacios en los cuales la habitabilidad, de alguna manera, es natural, espontánea y no forzada, ya que es fundamental reforzar la idea de que es el sujeto quien da a los objetos significado y, a su vez, permite generar las afecciones que posibilitan la experiencia estética.

 

El pasaje del ocultamiento

Se toma como referente de ocultamiento simbólico el tramo que corresponde a la carrera 42 A con la calle 48, tal cual se ve en la figura 5, y que, en la configuración de imaginarios, se ubica entre las torres de Bomboná y la avenida Ayacucho. Dicho espacio está configurado como un callejón abierto, en el cual se da cita una serie de dinámicas urbanas particulares, ya que es desde los dispositivos vernáculos y los autónomos de donde devienen los procesos de habitabilidad e identidad. Por ello, las relaciones simbólicas que propone el mencionado espacio están determinadas por el flujo discontinuo presente en todo el trayecto, y el cual propone un ritmo zigzagueante entre los dispositivos estéticos y los intersticios que allí confluyen. Una dinámica que invita al quien territorializa el espacio a sentirse oculto, mas no escondido, gracias a una serie de trazas que devienen en marcas de identidad propias del espacio, ofrecido como un lugar amigable para la interacción con otros sujetos. Estas trazas, al observarlas, funcionan como evidencias de que sobre el espacio se ejerce una habitabilidad activa y fluctuante, la cual es propuesta por los objetos y los elementos físicos propios de la estructura urbana dispuestos allí, y que, a partir de una vocación mutable en el tiempo y en el espacio, modifican los procesos de apropiación y las relaciones simbólicas que sobre ellas son ejercidas.

Es así como en el interior del pasaje se encuentran signos que pueden ser asociados a la casa como hogar, en todas las dimensiones que ella representa: desde el dormitorio hasta el comedor y la sala. Esas estructuras y esos trazos están allí a través de analogías que ofrecen los códigos del lenguaje en todas sus dimensiones, pasando por el verbal, el visual y hasta el gestual. El viandante de dicho espacio actúa como un experto; retomando las palabras de Marrone (2011), territorializa el lugar por medio de la apropiación de los objetos que lo componen, y los cuales configuran espacios efímeros que derivan en una continuidad del hogar.

Se procede ahora a describir algunos de esos signos. En primera instancia, se comienza por entender los ritmos y el flujo a partir de los puntos de tensión que se presentan como reflejos uno del otro, y que se relacionan en equilibrio con algunos espacios pasivos que sirven de contraste a las relaciones que allí se establecen. Se entiende, entonces, que el pasaje del ocultamiento es un espacio para estar como en casa; ese es su deber: ser manifestado en relaciones de consumo. Propone, además, anomalías para el tránsito, y bajo este influjo, el viandante se comporta, en la mayoría de los casos, como un experto, reconociendo los códigos y adaptándose de manera espontánea al lenguaje dictado por el espacio y a sus formas de habitar.

 

Figura 6. Relaciones objetuales-espaciales en el pase del ocultamiento. Los elementos vernáculos permiten la apropiación no regulada del espacio de uso público.

Fuente: elaboración propia (2018).

 

Es allí donde las estructuras se proponen cerradas; un cerramiento natural dado por algunas inflexiones en las entradas y las salidas, las alturas de los edificios y el paisaje natural que allí se dispone. Desde arriba solo se puede distinguir de manera clara la mitad del corredor de la casa, el cual se cierra al llegar a la sala: un espacio intermedio que se da en el encuentro abierto, y que durante algunas horas funge como comedor, y otras, como sala de estar. Entonces, cada objeto dispuesto allí no pasa desapercibido para los transeúntes, pues entre ellos se teje una traza simbólica que va desde el temor hasta la seguridad. La propuesta de ese territorio se basa en los contrastes, pues si bien se lo puede sentir como la casa, no permite estancias prolongadas; sin embargo, el dinamismo generado por las relaciones objetuales, espaciales y simbólicas permite un alto nivel de apropiación.

 

Pasaje del tránsito

El segundo fragmento corresponde al trayecto entre la calle 42 (Córdoba), configurada por Ayacucho y La Playa. Este, al igual que el pasaje del ocultamiento, ofrece una estructura de entrada, pero, en oposición, no hay cerramiento en la salida: es un espacio continuo, con una estructura abierta, según se ve en la figura 7. Las fachadas no presentan discontinuidades importantes, lo cual permite identificar dos líneas horizontales paralelas que enmarcan el recorrido.

Allí, las marcas de habitabilidad son pocas; en contraposición, se propone, desde todos los puntos, una relación simbólica, netamente vinculada al flujo circulatorio: el viandante allí establece escasas relaciones cálidas con las estructuras urbanas; por tanto, no genera vínculos de apropiación desde el afuera. Es, entonces, un espacio que se territorializa desde lo más básico de la experiencia estética, y da paso a relaciones de carácter estrictamente funcional, como la circulación.

 

Figura 7. El pasaje del tránsito.

Fuente: elaboración propia (2018).

 

Los pocos intersticios que allí se encuentran crean relaciones puramente desde el espacio interior, ya que, en la mayoría del trayecto, las estructuras arquitectónicas se proponen planas y verticales. El mobiliario urbano se limita a un ornamento institucional que poco responde a los procesos de apropiación o de resignificación del territorio, y solo propone unas disposiciones estético-funcionales vinculadas a la poética frívola de los objetos que lo conforman.

En ese orden de ideas, es claro que el papel del caminante en este espacio se limita al recorrido rápido, sin mayores afecciones simbólicas particulares, en un ejercicio colectivo y autómata del andar, y a esquivar de cuando en cuando los pocos obstáculos que presenta el camino. Los pocos intersticios de significación devienen, así mismo, de la funcionalidad propia de este: por ejemplo, la parada del bus que conduce al corregimiento de Santa Elena, las instituciones educativas que están en el trayecto junto a las papelerías, los restaurantes y el teatro; espacios que se camuflan en la homogeneidad que propone la circulación.

 

Pasaje del descubrimiento

Se define el “pasaje del descubrimiento, como el trayecto de la calle Córdoba comprendido entre la avenida la Playa y Perú. Este aún más heterogéneo que los anteriores ya que se subdivide en tres partes, interrelacionadas a partir de las formas de transición, en primera instancia el viandante se encuentra en un trayecto que conserva características similares al “Pasaje del ocultamiento”, sin embargo allí no se presenta un ocultamiento en sí, puede describirse como un lugar para las pausas transitorias ya que desde las configuraciones visuales determinadas por la verticalidad de las estructuras arquitectónicas y el separador que se encuentra en la mitad de la calle entechado por los árboles, es usado para estar, como espacio de encuentros transitorios, de pausas, ver ilustración ocho (8).

 

Figura 8. El pasaje del descubrimiento.

Fuente: elaboración propia (2018).

 

Al salir de este túnel natural, el paisaje visual que se extiende deviene en un entorno institucionalizado, funcional y carente de formas de significación colectiva, más allá del paso de la transición hacia el último fragmento, el cual se presenta como una estructura de relaciones entre el límite del barrio y la centralidad de la ciudad. Este último tramo intercala espacios que acontecen como entes de sentido para la bohemia que ofrece la frontera entre el centro de la ciudad y el barrio tradicional. Se encuentran un teatro y restaurantes que ofrecen experiencias estéticas, desde poéticas determinadas por las formas de consumo contemporáneas, así como la tienda que conserva la herencia de barrio tradicional.

 

Conclusiones

Hay una relación indisoluble entre los seres humanos y los espacios que estos ocupan. Desde el punto de vista de la teoría del actor-red (Latour, 1990), puede determinarse que hay proceso de co-afectación constante, y el cual, como el espacio, también tiene diferentes capas, pues pasa por interacciones limitadas a ejercicios de estímulo-respuesta, hasta llegar a las construcciones simbólicas que activan el habitar desde la experiencia estética. El ser humano entra en una relación con el entorno que se constituye en la interacción y en todas las posibilidades que a partir de esa interacción puedan ser proyectadas; es decir, cuando se trata de pensar en intervenciones artísticas, urbanísticas o de diseño sobre cualquier espacio de uso público, es necesario tener en cuenta que la validación de estas se hallará supeditada a los valores simbólicos que se potencien en el espacio, y no a simples enunciaciones de control. En dicho juego son fundamentales, además de las condiciones culturales y los imaginarios de la población afectada, los elementos vermiculares, o emergentes, pues son son estos últimos los que determinan las variables identitarias de un espacio.

Como lo plantea Adriana Gómez (2008), el paisaje urbano es un sistema holístico, constituido por todas las afectaciones que este posibilita, en un orden cíclico donde el individuo activa, válida, habita y significa las experiencias y las manifestaciones estéticas, las cuales, en una relación sistémica con los elementos vernáculos, terminan de potenciar las relaciones simbólicas del entorno; por tanto, ha de considerarse que existe una doble validación del espacio: en primer lugar, una generada por lo que emerge en el lugar y lo llena de significación, y en segundo lugar, la que se da cuando el viandante habita el espacio y genera relaciones emotivas fundamentadas en lo emergente, en sus experiencias personales y en su cultura.

En cuanto al caso particular del pasaje Cervantes, en el centro de Medellín, y ante algunos proyectos propuestos desde la institucionalidad política, se hace necesario reconocer el aparato y el constructo simbólico que él constituye para las personas que lo transitan y lo habitan. Reconocimiento que es posible, a partir de un ejercicio de reflexión en el cual convergen el pensamiento funcional propio del urbanismo y las relaciones simbólicas que le son propias al territorio; esta última, foco de reflexión de la investigación. Reflexión que, a su vez, puede usarse como insumo en investigaciones más profundas frente a la intervención o las mediaciones futuras. Finalmente, el instrumento metodológico propuesto puede ser aplicado a otros estudios que apunten a la creación, el diseño y la mediación de otros espacios urbanos.

 

Referencias

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[1] Institución Universitaria Pascual Bravo, Medellín.

Docente ocasional de tiempo completo

Diseñador visual, Universidad de Caldas, Manizales (Colombia).

Magister en Diseño y creación Interactiva, Universidad de Caldas, Manizales (Colombia).

Estudiante, Doctorado en Diseño y Creación, Universidad de Caldas, Manizales (Colombia).

https://orcid.org/0000-0003-0024-9036

https://scholar.google.com/citations?hl=es&user=DnlbCxwAAAAJjuan.lopezc@pascualbravo.edu.co; lejandrolopez@gmail.com

[2] Becaria CAPES, programa COIMBRA-BRASIL, Universidad de Brasilia (UnB)

Licenciada en Artes Plásticas, Universidad de Antioquia, Medellín (Colombia).

Magister en Estética, Universidad Nacional de Colombia, Medellín (Colombia).

Candidata a doctora en Artes Visuales, Universidad de Brasilia (UnB), Brasilia DF (Brasil).

https://orcid.org/0000-0001-5915-7254

https://scholar.google.com/citations?user=shVJiSgAAAAJ&hl=es

monudea11@gmail.com

[3] J. Remy y L. Voye, La ville: vérsune nouvelle definition, L'Harmanan, París, 1992, p. 14.

[4] Entendido el concepto desde las escuelas fenomenológicas, las cuales plantean que no existen las subjetividades y objetividades, se las entenderá a estas últimas como un encuentro y unos acuerdos sobre las significaciones que permiten llegar a puntos comunes dentro del sentido del fenómeno. Se debe tener en cuenta que en todas las actividades de interacción colectiva hay intencionalidades politizantes, concepto análogo a la intersubjetividad.